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Apagaron

Apagaron las luces. Apenas un resplandor de estrellas se colaba por la ventana cubierta con una cortina de un marrón oscuro. Comenzaron a perseguirse por el dormitorio, comenzaron a tocarse en las sombras, a revolcarse sobre la cama. No había nadie más en la casa, solo ellos jugando, con el final de sus infancias a cuestas. La puerta cerrada los aislaba de la cocina donde quedaba sobre la mesa lo cotidiano: los platos sucios de una cena breve, los vasos vacíos con un último resto de gaseosa, las migas del pan desparramadas en el mantel. Juan le había dicho a su hermana que limpiaría. -Levanta la mesa, por lo menos. Cuando vuelva, yo lavo- había pedido la joven antes de irse, dejándolos masticando la manzana del postre. Ambos conocían esos días y noches donde todos se marchaban. Todos menos ellos, dos jóvenes de doce años, flacos y torpes que se quedaban solos en una casa pequeña, humilde y vieja, apenas una guarida para soportar el viento. Afuera la noche esperaba para soltar sus fant…

Viento fuerte. Iván Aivazovsky (1817-1900 )

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Consecuencias del viento

El rostro se agitó y se transformó con cada ráfaga. Primero fue uno frío y silencioso, después otro y otro. Tantos como polvo y hojas hay en el viento que siguió soplando hasta erosionarle la nariz, hasta gastarle los pómulos, hasta dejarle la frente, desierta y árida. Fue, entonces, un ser sin cara, una nube apenas grisácea que tomaba una forma de vida transitoria para luego ser otra y otra y otra más. Y se vio con pelo rubio, con pelo blanco. Y se vio calvo, narigudo y de ojos claros. También negro y ñato con la mirada oscura y con unos pelos hirsutos de perro salvaje.
Se vio agitando la boca en gritos de ráfaga entre las chapas, de cueva vacía donde rebota la fuerza del aire. Y nunca más pudo ser el mismo, siendo solo el dibujo herido de un soplo que se enredaba en el calafate, en el agitar de la superficie de los charcos, en el tronco, forzadamente inclinado, de un retoño bajo el viento, que sigue soplando. Soplando y cambiándole el rostro, volándole los dientes, retorciéndol…
1.

Vuelo sobre el mar.
Sobre el mar azul,
el mar verde,
gris,
negro.

Vuelo rozando con mis pies
la olas frías de crestas blancas
que van hacia la playa.


La escritura es un fantasma que acosa en los rincones de mi casa. Asi de simple, una piedra en el zapato, un vaso semivacio en el medio de la mesa, la gota incansable de la canilla. Cuando no escribo es una llaga en la boca, un ardor en el estómago. Trato de pensar en esos días vacíos en aquellas viejas cosas que debo mejorar. El ritmo de un poema, la estructura de un relato. Y las dudas como aquellas viejas furias griegas acuchilla cada idea. ¿Qué es contar algo? y la tensión se da entre la anécdota y el clima. Escribo para contar algo, escribo para intentar hacer sentir algo. Escribo para experimentar, escribo porque no se jugar bien al fútbol. Y de pronto la idea se presenta como una silueta precisa sobre el horizonte pero se aleja, y veo su arboladura hundirse en la distancia. Hago dibujos en los papeles, me cuestiono si es mejor trazar un plan o dejar que las palabras te lleven.
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El globo rojo. Paul Klee.

Beatriz Pichi Malén - Cancion Sagrada del Viento

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Pura magia, no soy creyente de ninguna religión pero creo en lo sagrado.